Entre pilares
cruciformes y cilíndricos, voltean altos arcos formeros que descargan,
bien en el gran capitel que corona cada pilar cilíndrico, o en los
que rematan las semicolumnas cortas de los cruciformes. Dejan amplios vanos
que comunican las naves laterales con la central.
Los constructores
del templo renunciaron desde su origen a cubrirlo con bóvedas de
piedra. Lo indica la levedad de las separaciones entre naves, así
como la falta de contrafuertes o el suficiente espesor de los muros laterales
que hubieran podido contrarrestar el empuje de la carga de las bóvedas.
Por tanto, la cubierta original fue con seguridad de tejado a dos aguas
en la nave central, y en un plano inferior, a una sola agua las laterales.
Todo ello siguiendo modelos clásicos de basílicas romanas.
Diversos
incendios destruyeron las cubiertas del templo. Las naves laterales se cubrieron
con bóveda de crucería hacia 1520 siguiendo el proyecto de
Juan Segura. La central en el mismo estilo, en 1598, siguiendo el plan de
Juan de Bescós, y la triste reforma del ábside central ya
en 1790, decorándose con pinturas al fresco de fray Manuel Bayeu.
Las cubiertas
de la nave transepto, son las originales del templo. Consisten en bóvedas
de medio cañón perpendiculares al eje mayor de la nave, y
como ya se ha visto, en esa intersección se erigió sobre cuatro
arcos torales y trompas una magnífica e innovadora bóveda.