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La imagen 12, retocada digitalmente para eliminar los enterramientos del muro y los "portillos" abiertos en las lesenas, nos da una idea de cómo fue el ábside en su origen.
Al interior del templo se accede por portada de arco de medio punto dovelada; del XVI o XVII, con decoraciones sogueadas en su base y letras del anagrama de Cristo en la clave.
Asegurada con una tabla y cuerda para que no entren las vacas.
El interior presenta la nave original; demolido su muro sur y sustituido por gran arco de medio punto (Imagen 14), y rematada en ábside de tambor que se cubre con bóveda de cuarto de esfera sin intermedio de impostas.
Por delante, presbiterio atrofiado de dos tramos, cubiertos por sendas bóvedas de cañón. Todo ello oculto a conciencia bajo kilos de enlucido y azulete repintado asemejando los sillares que previamente se habían escondido.
El altar ocupa toda la superficie del ábside, compactándola, casi hasta el nivel de los tres ventanales (Imagen 15)
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Bajo la capa de azulete, en el lado sur del presbiterio, se adivinan en un desconchón, pinturas perfiladas en negro, de motivos vegetales, que hacen pensar que bajo en enlucido del ábside pueda haber algo interesante.
Demasiado aislado y callado para que ningún responsable invierta en ello. Es posible que algún día alguien se lamente de un posible expolio.
El decorado dintel de 1579 que había en "casa Oliván" se rescató con helicóptero no hace mucho, y se puede contemplar en el Museo del Serrablo en Sabiñánigo.
La actual nave de la iglesia se cubre -no se por cuanto tiempo- con techumbre de madera (Imagen 18). El piso de la misma es de losa de piedra, abundando lápidas funerarias en el mismo.
Capillitas laterales adornan los restos del muro norte original; y a los pies de la nave, un coro añadido, cubierto con bóveda de medio cañón.
La pila bautismal, cuadrada y encalada, se halla empotrada en un arcosolio en el lado norte de los pies de la nave.(Imagen 19)
Procedente de la iglesia de Otal y representando a San Miguel, pesando las almas de los difuntos, como es habitual en la iconografía, un hermoso lienzo gótico, que se halla en el Museo Diocesano de la Catedral de Jaca. El demonio, a sus pies, trata de que la balanza se incline de su lado, mientras el Santo lo alancea.
Entre las ruinas del caserío, una calavera de vaca (Imagen 20), nos recuerda, por si aún no nos habíamos dado cuenta, que estamos en un pueblo fantasma.
Cuando te quedas en silencio, solo roto por el canto de algún pinzón, sientes un ligero desasosiego pensando en quienes aquí vivieron a lo largo de mil inviernos de penalidades, gozos y avatares; difíciles de imaginar para el "homo-urbano" en que hoy nos hemos convertido.