Ejea de los Caballeros, la mayor de las Cinco Villas, se
sitúa en la confluencia de los ríos Arba de Luesia y Arba de Biel.
Tras alguna época pasajera de ocupación cristiana,
fue definitivamente conquistada e incorporada al reino por Alfonso I "El Batallador" hacia 1105. Su Iglesia
de San Salvador se consagró en 1222 por el obispo zaragozano Jimeno de Luna; medio siglo más tarde
que la consagración de Santa María.
El aspecto exterior de la iglesia de San Salvador, es formidable
(Imagen 1). Sus dos torres y en especial la septentrional, rematada pos cuatro atalayas, le aportan un marcado
aspecto de fortaleza defensiva. Abundantes modificaciones del XVII han camuflado en parte su origen románico
el cual hay que rastrear en su planta.
Las relaciones arquitectónicas de este templo, a juicio
de García Lloret, son estrechas con el de Santa María, en la propia localidad; de lo cual deduce
que su cabecera original sería de su mismo estilo; y a su vez ambas, directas herederas de lo hecho en San
Gil de Luna y en la Sala de Doña Petronila en el Palacio Real de Huesca.
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La cabecera del templo se remata en ábside poligonal (Imagen 2). Es una estructura gótica añadida
cuyas nervaduras convergen en clave alejada del arco triunfal original.
La fachada norte (Imagen 3), está muy degradada. Hay un porche tardío que cubre la portada norte,
amén de las estructuras que cobijan capillas laterales. Aun así se aprecian los contrafuertes que
segmentan la nave en tramos, mejor que al lado sur.
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La imagen 4,
corresponde a una rara marca de cantero, en el hastial occidental, que representa la herramienta con la que este
debía de trabajar y que le sirvió de firma.
Es muy parecida a una situada sobre el ventanal sur del ábside septentrional
de Santiago de Agüero; y ambas a su vez representan
la herramienta empleada por el cantero del capitel del
pórtico oeste de Biota.
La portada oeste del templo es una típica obra del maestro de Agüero:
La componen tres arquivoltas en degradación, con tímpano decorado sustentado por modillones que confieren
al vano un perfil antropomorfo.
Esto, de lejos. Al acercarnos y contemplar los capiteles, si quedaba alguna duda,
se disipa de inmediato. Aquí volvemos a encontrarnos con los monstruos y aves del de Agüero; y sobre
todo con su bailarina que contorsiona de modo inverosímil siguiendo el ritmo que le marca el arpista. Pliegues
de ropa forma de semicírculos concéntricos con pequeñas muescas perpendiculares así
como grandes ojos almendrados competan el santo y seña del de Agüero.
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El conjunto de la portada se halla elevado con respecto al nivel del suelo, y
rehundida en el muro oeste. Las arquivoltas exteriores son de perfil de arista y solo la interior que se decora
con baquetón en su borde libre. Luce motivos esculpidos en forma de flores de cuatro pétalos con
un grueso botón central, en su porción más externa. Apean en capiteles historiados mediante
un ábaco corrido decorado con volutas vegetales, que se continúan por la base del tímpano.
Un dintel decorado con flores iguales a las del tímpano, apoya en los modillones. Las columnas son lisas
y apean en altos plintos.
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Aquí hallamos motivos de los que tanto gusta el Maestro
de Agüero: monstruos, aves picoteando frutos, arpista y bailarina, arpías y también, muchos
motivos vegetales.
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