Las
seis grandes semicolumnas adosadas que compartimentan el cilindro absidal
y en las cuales apean las nervaduras de la bóveda, acaban en altura
en grandes capiteles de difícil observación dada su situación
elevada y a contraluz. Como contrapartida, están bien conservados,
alejados de los ímpetus lapidatorios de energúmenos de otros
tiempos.
Y
más difíciles aún de ver y de fotografiar son la
media docena que adorna los tres vanos de la cabecera. Hay entre ellos
verdaderas joyas, como la primera bailarina del Maestro de Agüero,
o unas arpías que enroscan sus colas en bella escena. A continuación
los muestro.
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