LA GUÍA DIGITAL DEL ARTE ROMÁNICO

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CRISTO DE BENTUÉ DE RASAL

En el Museo Diocesano de Huesca


Ya hace días que sostengo la idea de que el valle de Rasal, ese que recorre el río Garona y que se extiende horizontal entre los embalses de Árguis y el de la Peña al abrigo de las sierras de Loarre, Caballero y Gratal, fue en su momento una vía de comunicación de gentes cristianas de primer orden.

La llanura de la Sotonera era territorio musulmán y por tanto vedado a los cristianos que transitaban desde el reino de Pamplona hacia Sobrarbe o Ribagorza. Sancho III el Mayor en su política de reconquista/repoblación del territorio penetró por esta vía jalonando de pequeñas fortificaciones la altura de las sierras. Con el tiempo esas fortificaciones llegaron a ser de magnitud trascendente como el el caso del castillo de Loarre. Estamos hablando de un momento cronológico que abarca desde finales del siglo X e inicio del XI hasta el último tercio del XI cuando Loarre ya es un hecho y las gentes cristianas avanzan decididas por la Sotonera hacia Huesca.

Pero hasta ese momento, el valle del río Garona tuvo una función de tránsito sin duda importante que quedaría con el tiempo sumida en el olvido. Quizá por ello ese valle me haya dado sorpresas tan agradables como las que San Juan Bautista de Rasal me viene deparando, o como la no menos agradable de documentar una inusual galería porticada en la parroquial de Bentué de Rasal.

Precisamente por este motivo he vuelto a repasar alguna de las piezas del Museo Diocesano de Huesca procedentes de este valle, como es el caso del Cristo de la parroquial de Bentué de Rasal. Se trata de una talla de madera correspondiente a un descendimiento. Está deteriorada y le falta la cabeza de Cristo y los extremos de manos y pies, a pesar de lo cual aparece como una figura impresionante.

El artista que labró esta pieza cuidó mucho los detalles. Es un Cristo de cuatro clavos, con los pies separados como es habitual en la escultura románica. El paño de pureza recibió un tratamiento especial, diferente a lo que estamos acostumbrados a ver en las tallas románicas de la provincia (Siresa, Asín de Broto, Ardisa o Jaca). Destacan los pliegues de gran volumen y profundidad, con sensación de caer con gran naturalidad. También los detalles anatómicos son muy cuidados. Las piernas de Cristo reproducen los relieves de las rodillas , pantorrillas o tobillos con notable realismo. Las proporciones de la talla son adecuadas a las de la figura humana. La caja torácica, por debajo de los pectorales, muestra unas costillas que se han señalado de modo intenso. En este caso, menos anatómicamente que el resto, por cuanto que las labró todas horizontales en vez de converger hacia la punta del esternón. Los pliegues de las ingles se remarcaron en modo muy anatómico. Quedan en la escultura restos del estucado que recibió así como de la policromía realizada sobre esa base.

En fin, que es una talla de magnífica ejecución. Un Cristo de cuatro clavos de tradición románica en el que se advierten ya vestigios de un naturalismo tanto en lo anatómico como en el tratamiento del paño de pureza que hacen pensar en un momento de transición entre el XIII y el XIV.

Un dato más para pensar que en su momento ese valle olvidado tras las sierras de Caballera, Loarre y Gratal tuvo mucha más importancia de la que imaginamos. Va dando sorpresas y gracias a las mismas poco a poco se le va otorgando la atención que merece.

 


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