En este momento de finales del X e inicios
del XI, hemos visto que en lo que será Aragón, los vestigios
apuntan hacia la tradición hispano-visigoda acarreada a través
de los impulsos de repoblación de Sancho III el Mayor de Pamplona.
Pequeños templos de nave cuadrada y cabecera plana con vanos geminados
monolíticos en los que no es raro hallar el
arco de herradura visigodo, tanto en puertas como en ventanas.
A este escenario cambiante en dependencia
de las circunstancias, llega la primera oleada renovadora,
en expresión de Bernabé Cabañero. Consiste en la sustitución
de la cabecera plana de los pequeños templos por otra de planta ultrasemicircular,
acorde con lo que en el territorio de los condados catalanes se estaba llevando
a cabo, sobre todo en la edificación de torres defensivas de planta
circular.
Los dos ejemplos con los que contamos, ubicados
como es lógico en la zona oriental del Alto Aragón son las
arcaicas ermitas de Tella y Bonansa.
La ermita dedicada a los santos Juan
y Pablo de Tella, situada junto al "puntón de las Brujas"
en un mágico paisaje de ensueño que tiene como telón
de fondo el cañón de Añisclo y el macizo de Monte Perdido
(Imágenes 1 a 3) tiene el valor añadido de
conocer gracias al hallazgo de su lipsanoteca, la fecha de consagración
por el obispo San Ramón de Roda de Isábena: 1019,
erigiéndose por tanto como la más antigua del Sobrarbe.
Sobre un altozano al este de Bonansa y a
unos 700 metros del caserío se alza la ermita
de San Aventín, que a pesar de sus transformaciones, conserva
el mismo modelo de planta con ábside ultrasemicircular que el visto
en Tella (Imágenes 4 y 5).
Surgen iglesias de una sola nave (Satué),
doble nave (Lasieso)
o planta de cruz latina (Lárrede).
Una de sus características formales de identidad, los frisos de baquetones
verticales colocados sobre arquillos ciegos, tienen su origen en iglesias
del lugar de procedencia de estas cuadrillas: San Benedetto de Valperlana
o San Pietro di Vallate.