PANTEÓN
DE NOBLES - TUMBAS REALES.-
En esencia,
las iglesias románicas no son otra cosa que mausoleos. Verdaderos
edificios funerarios que se fundamentan sobre restos de difuntos reconocidos
como santos.
Aparte de
las reliquias del santo se van sumando enterramientos de religiosos, nobles
o miembros de la extendida clase del "pueblo llano y soberano",
convirtiéndose en verdaderos depósitos de osamentas.
En las iglesias
románicas, a poco que se indague, aparecen enterramientos por doquier:
en las criptas, bajo los pavimentos, dentro de los muros... y por supuesto
en los cementerios situados bajo su protección .
Parece haber
una creencia en asegurarse el más allá cuanto más cerca
del lugar mágico -que es la iglesia- se consigan situar los despojos
del creyente.
Gracias a
ello, contamos con un buen número de enterramientos por encargo de
numerosos nobles, que compraron el pasaporte al más allá en
clase preferente, a base de mejorar los templos o enriquecerlos con magníficas
pinturas funerarias bajo arcosolios, como felizmente ocurriera en San
Miguel de Foces (Ibieca).
Asimismo,
los claustros y los muros de las iglesias son un lugar idóneo para
instalar laudas
funerarias, que a la vez que recuerdan lo efímero del paso por la vida,
sirven de acicate al observador para elevar preces por el titular. Si en
la inscripción figura la fecha, es un dato cronológico excelente.
Una vez hemos
entrado en el monasterio, accedemos a un descansillo (Imagen 2) desde el cual si descendemos iremos
a la Sala del Concilio y a la iglesia mozárabe, ya vistas. Si tomamos
la escalera de ascenso, saldremos a un espacio abierto delimitado por el
muro del evangelio de la iglesia, el museo (antiguas celdas monásticas)
y el muro exterior del panteón real Esta escalera la mandó
edificar el abad Setzera y queda memoria en una lápida situada nada
más acceder desde la misma al panteón de nobles, en el muro
a nuestra izquierda y por encima de la imposta decorativa. La traducción
es:
"Don Pedro de Setzera, abad de este
lugar, mandó construir esta escalera de piedra en 1301. Y tu fiel
quienquiera que seas que subes y bajas por esta escalera, ruega por él
y di devotamente un Padre Nuestro y Ave María con Requiem Eternam"
A través
de la escalera del abad Setzera se accede al panteón de nobles, en la terraza superior
(Imagen 1), en el que
hay dos filas de enterramientos orladas con ajedrezado jaqués y tímpanos
esculpidos, algunos de muy bella factura. En total son veintidós, dispuestos
en dos filas: doce en la superior y diez en la inferior. Las lápidas
a modo de tímpanos van orladas por medio punto de dovelas y por fuera
una orla de ajedrezado jaqués en las del nivel superior, que es sustentado
por pequeñas columnitas, cariátides o leones (Ver imágenes
que abren dan comienzo y fin a las lápidas funerarias).
La fila inferior
decora sus lápidas por lo general con guardapolvo decorado con bezantes.
Tras este muro, se sitúa el panteón real, con
acceso por el lado izquierdo de la iglesia superior.
Los motivos
esculpidos en las lápidas son de buena hechura. Algunos tan bellos
como el grifo que se sitúa sobre estas líneas. También
hallamos cruces de Iñigo Arista, la más elaborada de las cuales
corresponde a la lápida de Fortuño Blázquez, muerto en 1082.
Otra luce un gastado caballero sobre su caballo, otra palmetas, varias crismones
trinitarios y otra más una "rueda de carro", antecedente
formal de los crismones. También hay un escudo heráldico de
los Abarca.
En el muro,
sobre las laudas, hay buen número de laudas funerarias, y al lado
izquierdo del acceso al templo, la lápida del enterramiento del Conde
de Aranda: D. Pedro Abarca de Bolea, natural de Siétamo, Capitán
General de los Ejércitos de España bajo el reinado de Carlos
III. Sus restos se trasladaron a Madrid en 1798. Fue el último noble
que aquí se inhumó. Su lápida lo recuerda (Imágenes
1 y 5)