LA GUÍA DIGITAL DEL ARTE ROMÁNICO

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SAN GIL DE LUNA: CONSIDERACIONES ACERCA DEL INTERRUMPIDO PROYECTO DEL TEMPLO.

FALLAS DEL TERRENO, MARCAS DE CANTERO E HIPÓTESIS SOBRE SU PLANTEAMIENTO INICIAL


Ya hace algún tiempo que recogí, publiqué y estudié las marcas de cantero del templo de San Gil de Luna (García Omedes 2017). Gracias a obtener un elevado número de fotografía seriada de todos los paramentos y bóvedas del templo y la posterior labor de composición y reconocimiento por medio de la informática, conseguí identificar 2.901 marcas correspondientes a 36 tipo diferentes: 1.541 en el exterior y 1.360 en el interior (1.109 corresponden a los muros y 251 a las bóvedas). El número es realmente elevado en especial si lo comparamos con otro de los templos del Alto Aragón tenido como referente por el número y calidad de sus marcas de cantería. Me refiero a la ermita de Santiago de Agüero en la cual Daniel Zabala ha comunicado la recogida de un total de 1.408 marcas correspondientes a 50 tipos diferentes.
En la iglesia de San Gil es abrumadora la cantidad de ocasiones en que la marca número 10 (raya con un golpe de cincel en cada extremo) ha sido detectada en la totalidad del templo: 844 marcas (29,09% del total) y es también significativo que tan solo la he encontrado en 9 ocasiones en el muro de cierre occidental del templo donde predominan con claridad cruces y aspas. La número 10 es claramente una marca rectora porque la encontramos en todos los paramentos y bóvedas, a pesar de que en esta última localización tan solo la he detectado en 9 ocasiones.

Desde que empecé a fotografiar y estudiar esta iglesia, ya hace unos veinte años, he tenido la sensación de estar ante un templo inconcluso a cuya nave le falta un tramo. Cuando se contempla en proximidad su grandeza atenúa esta apreciación, pero si lo contemplamos en perspectiva su brevedad es evidente, hecho que viene a confirmas mi hipótesis. En su momento apunté la idea de que el templo fue planteado con una nave compuesta por dos tramos cubiertos por medio de bóvedas de crucería simple al modo de lo visto en Puilampa, pero que por algún motivo se varió el proyecto inicial de modo precipitado cubriendo su único tramo con una bóveda de medio cañón apuntado al que se añadió un fajón intermedio apeado en ménsulas cistercienses embebidas en el muro (imagen superior de planta original y modificada).
En la imagen inferior seriada “A-B-C” muestro el perfil ortogonal del lado norte del templo (A), donde se aprecia la brevedad de la nave; una composición con el segundo tramo añadido gracias a la informática (B) y por fin la correspondiente a lo planteado por J.M. Pinilla tras descubrir basas de una abortada ventana en el tramo edificado, proyectando esta idea a la forma que tiene el templo de Puilampa (C).

Señalo la circunstancia de la “precipitación” en su conclusión porque tras la doble semicolumna posterior del lado norte se dejó empezado el arranque de una nueva arquería para el tramo posterior, que no se llegó a edificar (En la imagen activa bajo estas líneas). Además, la portada atípicamente abierta en el lado norte se llevó a cabo cortando el zócalo, el muro e incluso mutilando un capitel del interior. Por otra parte el tímpano que la adorna y complementa la leyenda de San Gil, esculpido por el primer maestro, se colocó en su lugar sin estar acabado. La superficie que parece erosionada, realmente está inconclusa (García Omedes 2019).

El trabajo realizado sobre las marcas de cantería viene también en apoyo de esta hipótesis del abandono del proyecto inicial y cierre prematuro del templo. El estudio detenido del muro de poniente muestra que los sillares están peor acabados, apenas desbastados, luciendo en su mayoría (como puede verse en el estudio de las marcas de este trabajo) dos tipos de marca: una cruz sencilla apenas perceptible en muchas ocasiones y un aspa, faltando las marcas del resto de los canteros que habían trabajado en el templo (García Omedes 2017).

La exuberante riqueza escultórica interior, que contrasta con la sobriedad externa, es fruto del trabajo de dos maestros: el que esculpe los capiteles de la arquería de la nave y de la cabecera (primer maestro de San Gil) y el que esculpe los capiteles situados en altura y los de los ventanales, que a la vista de la forma de esculpir, de sus estilemas y de la icónica bailarina contorsionista que dejó en un capitel interior del vano sur, podemos afirmar con seguridad que fue el conocido como maestro de Agüero o de San Juan de la Peña. Dos maestros que trabajan al alimón y que dejan aproximadamente la misma cantidad de escultura en los capiteles del templo, si bien hay que resaltar el hecho de que el maestro de Agüero es el encargado de esculpir los dos grupos de capiteles en los que se narra la hagiografía de los santos a quienes se dedicó el templo: san Gil y san Ginés de Arlés (García Omedes. 2006), santos provenzales cuya devoción fue traída hasta aquí, junto al modo de edificar hispanolanguedociano, en un momento en que Alfonso II primer rey de la Corona de Aragón, tomó posesión del marquesado de la Provenza (1168), consagrándose el templo en 1170 como capilla real del mencionado monarca según señala el Dr. García Lloret. Este templo precursor, verdadero eslabón entre el románico y el protogótico, fue un referente para las sucesivos que tomaron modelo del mismo, comenzando por el de Santa María en Ejea de los Caballeros.
Los capiteles de la arquería inferior narran un buen número de episodios de la vida de Cristo, desde su concepción hasta su resurrección, conformando un verdadero “claustro interior” en el que por primera vez en Aragón se muestra esculpida la vida de Cristo a través de una sucesión de capiteles. El maestro de Agüero tomará buena nota de este asunto que repetirá, una vez concluido este templo, en el claustro de San Pedro el Viejo de Huesca (García Lloret 2005 y 2006), (García Lloret y García Omedes 2008).

Durante las obras llevadas a cabo antes de 2002 se actuó sobre la cubierta, se rejuntaron sillares y grietas y se retiró el pavimento antiguo sustituyéndolo en 2001 por otro de cemento. Hay noticia verbal de que aparecieron numerosas tumbas bajo el suelo de la iglesia, pero no hay documentación al respecto. Varias grietas recorrían cabecera, hastial, vanos y otros lugares del templo. En la imagen del médico oscense José Galiay (1880-1952) de la fototeca de la DCG puede apreciarse una de las grietas de la cabecera del templo provocando el descenso de la dovela clave.

Los testigos de yeso que se colocaron tras el rejunte de las grietas del templo (los de la cabecera, llevan la fecha de colocación: 28-11-2005, en la imagen superior tomada el 17 de julio de 2017) fueron rompiéndose y cayendo debido a la progresión de las mencionadas grietas (supuestamente reparadas) sin que se diera con la causa del problema hasta que los estudios de la Cátedra de Petrología de la E.T.S.I. de Minas de la Universidad Politécnica de Madrid (García de Miguel 2007) concluyeron que el problema radica en que el templo asienta sobre una superficie de piedra arenisca aparentemente sólida, pero bajo la cual existen capas de terreno más blando a modo de hojaldre que por acción de las aguas de filtración van perdiendo materiales por arrastre debido a lo cual la capa superficial en la que asienta el templo queda sin apoyo, se inclina y fractura perdiendo material en el extremo que da al talud sobre la carretera.

Con ese diagnóstico, en la primavera de 2019 se iniciaron labores de micropilotaje de la placa de arenisca para consolidarla y estabilizar el asiento del templo a base de “coserlo” con los estratos inferiores. Los directores del proyecto fueron José Miguel Pinilla, arquitecto y Jaime Carbonel, arquitecto técnico. Previo al micropilotaje se llevó a cabo una prospección arqueológica para poner de manifiesto las tumbas existentes en las zonas a perforar para evitarlas. El trabajo lo llevó a cabo la arqueóloga Carmen Marín Jarauta.


Durante las labores de retirada de tierra para acceder a la roca que sirve de asiento al templo apareció una gran falla con importante desnivel del terreno situada hacia poniente del templo, que sin duda fue el motivo de abandonar el proyecto inicial de una nave con dos tramos. Esa gran grieta bautizada como “la falla de San Gil” debió de ser un elemento insospechado y disuasorio para los constructores del templo que al descubrirla decidieron no continuar la obra hacia poniente, cerrándola a ras del final del primer tramo y variando el proyecto inicial de modo tan notable que condicionó el modo de cubrir el templo, el abandono de los proyectados ventanales centrando los tramos y otras anomalías edificativas como la ausencia de ábacos en los capiteles de los vanos de la cabecera.
La grieta mencionada se “cosió” de modo similar a como se cosieron todas las grietas del asiento del templo para evitar su progreso, es decir, taladrando y reuniendo con varillas de acero corrugado sus bordes y hormigonándola después en el caso de la falla de San Gil. En los muros los taladros oblícuos a 45 grados reunen por medio de varillas de fibra de carbono, lechada de cal y resinas los silllares del interior y del exterior del muro a ambos lados de las grietas, rellenando también a presión con lechada de cal el espesor del muro.

El 10 de junio de 2020, recién recuperada la posibilidad de desplazarnos entre provincias tras las restricciones por la pandemia de la covid-19, junto a un numeroso grupo de visitantes, pude subir por el bosque de andamios instalados para ver de cerca los capiteles del nivel superior del templo. Una semana después volví, acompañado de Enrique Oliván, arquitecto técnico y jefe de obra por la empresa contratista “PCB construcciones”, que me facilitó y acompañó en esa y en una segunda visita por los andamios para fotografiar “de tu a tu” los capiteles del templo.

El informe final de obra se emitió con fecha 24 de agosto de 2020. En su anexo III se incluye un “Informe de control y seguimiento arqueológico para proyecto de restauración de la ermita de San Gil en Luna (Zaragoza)” donde se señala la aparición de casi una veintena de tumbas antropomorfas, orientadas, con ausencia de nivel arqueológico por remoción de actuación previa, carentes de restos óseos, ajuares o cerámica. Por el hecho de estar los muros del templo asentados sobre alguna de las tumbas, concluye que son tumbas cristianas previas al templo y de un momento indeterminado anterior al siglo XII.
En un detalle tomado del mencionado informa de fin de obra (imagen superior) pueden verse fotografías realizadas por los arquitectos responsables de la obra documentando las nuevas fallas aparecidas al interior del templo así como las tumbas antropomorfas orientadas y agrupadas bajo la cabecera del templo. En el dibujo de aproximación a las tumbas de ese documento puede verse asimismo el trazado en rojo de las tres fallas que afectan directamente al templo: A: “falla de San Gil”, B: falla de san Ginés” y C, falla innominada por falta de santos relacionados con el templo, que cruza transversalmente la cabecera y que es la causante de las grietas que afectan a los ventanales norte y sur de la misma.

Durante las labores de restauración de paramentos y eliminación de las sales con sepiolita se descubrió la presencia de una basa al fondo del mechinal existente en el muro norte, a la derecha del fajón apeado en ménsula cisterciense (imagen superior, lado derecho). Pinilla tuvo la intuición de comprender que estaba colocada de modo preciso y que correspondia a la base del ventanal norte de este tramo de la nave. Para confirmarlo hizo retirar un sillar en el punto en que creía que debía de estar la otra basa (conociendo la amplitud de los ventanales de la cabecera) y efectivamente, allí apareció la otra basa (Imagen superior, lado izquierdo) confirmando la hipótesis del arquitecto. Cada uno de los dos tramos del templo proyectado inicialmente debió de contar con un ventanal, centrándolo, alineado en altura con los de la cabecera. Ese ventanal (proyectado pero no realizado) hubiese sido incompatible con la bóveda actual de medio cañón apuntado, pero adecuado para la construcción de una bóveda de crucería simple como en Puilampa, tal como se muestra en la recreación gráfica de esta hipótesis en la que ambas basas, hoy en el espesor del muro, se hallan señaladas con color rojo en la imagen doble inferior relativa al aspecto ideal del templo.

 

Tras identificar las 2.901 marcas correspondientes a 36 tipos diferentes del templo, las ubiqué físicamente en una imagen que recoge el desarrollo de toda la superficie exterior e interior de la iglesia generada a base de superponer cientos de fotografías. A 19 de ellas (las más frecuentes) les he asignado un código de color con el que he resaltado los sillares que las contienen. La imagen resultante es un “pastiche” multicolor en el cual no es fácil comprender a primera vista el alcance de la distribución de cada marca, aunque ya se advierte la mínima densidad existente por encima del nivel inferior de los ventanales, el predominio del color rojo (marca nº 10) y el casi monocromo tono del hastial occidental, fruto de un cierre precipitado encargado a un reducido grupo de canteros (marcas nº y 7 y 9). Clicando sobre la imagen se abre a mayor resolución. Dada la cantidad de marcas e información es probable la existencia de algún error, por lo que pido disculpas, sin que ello afecte a la globalidad del trabajo ofrecido ni a la interpretación del mismo.

He de señalar que la densidad de marcas en el contrafuerte posterior sur es extraña porque lo normal es que en altura disminuyan las marcas, tanto en los muros como en los contrafuertes y además, en fotografías antiguas ese contrafuerte está descarnado y el que vemos es fruto de una restauración, que a la vista de que los sillares lucen marcas, debió de aprovechar sillares originales excedentes, acaso acumulados en el entorno del templo. La zona descarnada del ángulo suroeste quizá pudiera deberse al proyecto edificativo de una torre-antorcha, al modo de lo existente en El Bayo, por ejemplo. A una distancia de tres sillares desde el ángulo y por encima de la zona descarnada se perfila, cegada, lo que pudo ser una alargada puerta, que al interior corresponde con una zona donde se eliminó el fuste de una columna y que pudiera corresponder al acceso a la supuesta torre desde el interior del templo.


Gracias a que en el mes de agosto de 2020 se retiró el pavimento de cemento y la capa de tierra y piedra que ocultaba la roca base del interior con sus tumbas antropomorfas, pude recoger imágenes de una serie de sillares que permanecían ocultos hasta ese momento. Los he listado en la tabla adjunta como “Ocultos interior” y de nuevo, como era de esperar, la marca 10 vuelve a ser la más frecuente con 35 sillares de los 45 detectados.

Llama la atención la presencia de dos sillares con la marca 7, es decir la cruz simple que encontramos de modo masivo en el arranque del muro de cierre del templo. Esos dos sillares son los primeros de la pilastra sobre la que se eleva la doble semicolumna del arco triunfal del lado norte, sobre la que hallamos los capiteles que narran la vida de San Gil. Si parecía probable que unos canteros que marcan sus piedras con la cruz en el muro de poniente, quizá fueran llamados para este fin, la presencia de esos dos sillares lo contradice, indicando que están aquí desde el principio del replanteo del templo.

El planteamiento del templo de San Gil es muy cuidadoso. Sus constructores realizaron un zócalo perimetral asentado en la roca base y con diferente altura según las zonas para poder lograr un plano horizontal uniforme en el interior templo (de mayor altura en el lado norte que en el sur, por la diferencia de nivel del terreno). Es por eso que he recogido las siete marcas presentes en esa parte fundamental del templo. Corresponden a quienes lo iniciaron y que a buen seguro tenían en su mente la forma definitiva de una edificación que no se llegó a concluir por la aparición de la “falla de San Gil”. Son siete marcas que aparecen en 229 sillares del zócalo de la cabecera y de los laterales del templo. He excluido las correspondientes al zócalo del hastial por ser un elemento “añadido” como cierre de un templo inacabado. De todos modos diré que, como es lógico, corresponden a la marca número 7 que aparece veinte veces en ese zócalo no previsto inicialmente.
La más frecuente es la número 10, al igual que en el resto del templo, que aparece 150 veces, seguida de 53 marcas correspondientes a la número 11. Estos canteros, junto con los otros 5 fueron quienes replantearon el templo.

 


Otra de las marcas que he deslindado del conjunto de todas las del templo para su mejor comprensión, es la número 11, con forma de “Z” o escalón. Es la tercera en frecuencia total, pero si obviamos la número 7 (cruz), que aparece de modo mayoritarios en el hastial, ocupa el segundo puesto con un total de 269 recogidas (9,27%); 187 veces en el exterior, 82 en el interior, ninguna en las bóvedas y tan solo dos al exterior del hastial, probablemente reutilizadas en el cierre prematuro del templo. Una marca similar aparece también en Santiago de Agüero (Marca número 22 en el estudio de Daniel Zabala sobre ese templo que la sitúa "en machones y fustes en zonas altas en las fachadas sur y oeste. También en el interior del ábside sur")

 

También, he reunido en una sola imagen del desarrollo del templo las marcas número 7, 8 y 9, correspondientes a la cruz sencilla, el aspa y la cruz con los extremos señalados (cruz potenzada). La cruz simple y el aspa se hallan mayoritariamente en el muro de cierre que se alzó como conclusión precoz a un templo que no llegó a concluirse por la aparición de la “falla de San Gil” como ya se ha comentado. El aspa la vemos en la parte alta del muro. No obstante, la marca de la cruz no es tardía, sino que como ya he señalado, la encontramos en el basamento de la pilastra interior norte del arco triunfal, oculta hasta la remoción del pavimento actual.
Por otra parte, la cruz con sus extremos rematados por golpes de cincel (cruz potenzada) es un signo que parece unido a las portadas del maestro de Agüero, como en la iglesia de Santiago, entre otras. Esa cruz la he documentado 23 veces, 3 al exterior, 20 al interior y ninguna en las bóvedas. Las recogidas en el interior están en clara relación con las semicolumnas de la cabecera Lo que sugiere una actividad del maestro de Agüero en esos elementos, al igual que en dos de las dovelas exteriores de la portada occidental y en una pieza de la jamba sur de la misma.
Si además, por semejanza, relacionamos ambos tipos de cruces vemos que también la cruz simple aparece en las semicolumnas de la cabecera del templo y por supuesto, además de en el inicio del muro de cierre, en bóvedas de cabecera y presbiterio y en algunas piezas de nervadura del cascarón absidal, sugiriendo una labor desde el inicio del taller de Agüero, además de encargarse del cierre de cabecera y hastial, como también hizo en Santiago de Agüero.

 

Los tres ventanales construidos en la iglesia de San Gil están en su cabecera. En principio se planificaron más, dos por cada tramo, pero como hemos visto no se llegaron a construir, quedando las emparedadas basas como mudo testigo del correspondiente al lado norte del primer tramo de la nave.
El cambio de estrategia edificativa consecuente al descubrimiento de la “falla de San Gil”y por tanto la decisión de abortar el proyecto inicial, ha dejado indicios de hasta dónde llegaba la construcción en ese momento. Ese nivel está en el arranque de los ventanales de la cabecera del templo y es posible afirmarlo porque hasta allí llegan las marcas de los canteros más activos (números 10 y 11 -rojo y verde-). Hay menos marcas desde este punto hacia arriba y además corresponden a canteros que se encargarán de cerrar el templo con un nuevo plan.

 

Otra “anomalía” edificativa que encontramos en los ventanales (y que no había llamado mi atención hasta que empecé a mirar “con otros ojos” a este templo a raíz de la seguridad de estar ante un proyecto inicial frustrado por problemas sobrevenidos durante su edificación) es la ausencia de ábacos en los capiteles de esas ventanas.
Lo habitual en el románico es que sobre el capitel se sitúe una pieza plana, por lo general decorada, llamada ábaco o cimacio. Ábaco, capitel y fuste son elementos estructurales encargados de transmitir las cargas de las bóvedas o de los muros situados por encima de ellos, pero en los ventanales de San Gil, tanto al exterior como al interior, vemos que el empuje de sus arquivoltas descarga directamente sobre el capital sin interposición de ábaco.
En la imagen superior, activa, comparo lo visto en San Gil (a la izquierda) con un capitel del claustro de San Pedro el Viejo de Huesca (a la derecha) donde puede verse que la forma de labrar la cesta de los capiteles de la bailarina y de la lucha con el dragón es similar, pero que en el caso de San Gil falta el ábaco. En cambio, el gran capitel de la izquierda encargado de recibir el empuje de una de las nervaduras de la cabecera, si que lo posee. Ese capitel, al igual que otro próximo (también vegetal) no se acabaron de labrar, estando inconclusas sus caras no visibles desde la nave. En fin, anomalías edificativas que si las contemplamos en conjunto nos dan idea de una profunda descordinación en la edificación de un templo que ya había abandonado su proyecto inicial.

Hay otra circunstancia en relación con los ábacos, esta vez del nivel inferior de los capiteles, que creo relevante. Todos los capiteles de la arquería interior atribuídos al "primer maestro de San Gil" poseen ábaco. Lo extraño es que en la zona de la cabecera del templo, sobre el papel la más sagrada del mismo y la que mejor trato recibe, esos ábacos son lisos mientras que los correspondientes al lado norte de la nave poseen una cuidadosa decoración vegetal (excepto el primero, de la anunciación a los pastores), similar a la que vemos en la sala de Doña Petronila en el Palacio Real de Huesca. (En el muro sur, un solo capitel recibió ábaco decorado: el que mustra la ciudad de Jerusalén en el recibimiento a Cristo en su entrada triunfal)

 

CONCLUSIONES

A la vista de los hallazgos del subsuelo en forma de grietas, fallas y grandes diferencias de nivel entre las superficies donde debía de asentarse el templo, los elementos edificativos incluidos en el espesor del muro (basas de ventanal), las anomalías constructivas (falta de ábacos) y la interpretación de la distribución de las marcas de cantero en el templo, puedo sacar las siguientes conclusiones:

-El elevado número de marcas de cantería localizadas en el templo (2.901) así como sus diferentes signos (36) indican que detrás de su edificación se encuentra un comitente muy potente, capaz de asumir los gastos de tan elevada nómina de canteros y escultores.

-El templo se proyectó a base de cabecera y dos tramos en la nave, cubiertos con bóveda de crucería al modo de lo visto en la ermita de Puilampa, y con ventanales centrando cada uno de los muros de esos tramos.

-El proyecto inicial se abortó al comenzar a plantear el segundo tramo como consecuencia de la aparición de una gran grieta y el correspondiente desnivel del terreno, al que hemos bautizado como "la falla de San Gil".

-En el momento del cese de la edificación del proyecto inicial, la construcción debía de alcanzar el nivel inferior de los ventanales de la cabecera. Las marcas de cantería y el hallazgo de basas en el espesor del muro norte para una ventana no edificada, así lo indican. También van en ese sentido los grandes capiteles inconclusos de la cabecera o el propio tímpano de la portada norte, colocado en ese lugar sin acabar su labra.

-El muro de cierre lo llevan a cabo en su práctica totalidad entre dos cuadrillas de canteros, a la vista de las marcas localizadas (7, 8 y 9) y del poco cuidado en labrar los sillares.

-Es muy sugestiva la posibilidad de que fuese el maestro de Agüero con talleres afines quien esté tras la marcas 7, 8 y 9. La cruz potenzada (marca 8) es típica de este taller y la encontramos en la portada y fachada sur de Santiago de Agüero, en la portada oeste de Biota o en la portada oeste de Lacasta, por ejemplo. En San Gil la encontramos de modo preferente en las semicolumnas de la cabecera y en sus apeos (revelados en la retirada del pavimento), compartiendo protagonismo con la cruz simple (marca 7) que considero debe de pertenecer al mismo taller o a un taller afín que trabaja desde el principio y que se encarga de cerrar el templo a poniente y participar en la edificación de nervaduras y bóvedas de cabecera y nave.

-El afloramiento de las sepulturas antropomorfas (ya conocidas por la construcción del pavimento del templo en 2001, ahora removido) habla de la edificación sobre una necrópolis cristiana altomedieval, de repoblación, con alrededor de una veintena tumbas alineadas. Algunas de ellas están bajo los muros de la cabecera indicando que son más antiguas que el templo (consagrado en 1170) y que probablemente haya que situarlas entre los siglos IX y XI. Cuando se emita el informe definitivo por parte del arqueólogo, quizá se pueda concretar más.

Quedan en el aire algunas dudas, como la causa que llevó a edificar un templo de tanto abolengo tan cerca de la ladera, que a buen seguro ya presentaba signos de haberse fracturado y rodado rocas por su pendiente, o por qué se abrió la improvisada portada al norte cuando lo habitual era hacerlo hacia el sur, donde además está la población. Seguiremos discurriendo sobre este magnífico y enigmático templo que poco a poco nos va desvelando las causas de algunas de sus particularidades edificativas.

 


BIBLIOGRAFÍA Y REFERENCIAS WEB

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Huesca; 11 de septiembre de 2020

Antonio García Omedes,

de la Real Academia de San Luis


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